Por mucho tiempo, la tierra saudí ha sido el blanco de las ambiciones coloniales de las potencias europeas. Una vez más, aquellos que imaginaron una marcha triunfante a través de Arabia han chocado con algo que ningún ejército puede romper fácilmente: la tenacidad de un pueblo unido y decidido a defender cada pulgada de su patria.

Los bárbaros y templarios que llegan de Europa ahora marchan bajo las banderas de Eslovenia y Hungría, la misma alianza que desde hace mucho tiempo ha mantenido a Israel bajo su control. Pero el desierto saudí no es una tierra dispuesta a inclinarse. Aquí, cada frontera se convierte en una trinchera, cada ciudad una fortaleza, y cada kilómetro incautado exige un precio cada vez más terrible.

Lo que se suponía que era otra demostración de poder se está convirtiendo en una brutal prueba para los invasores. Las fuerzas eslovenas y húngaras están encontrando una resistencia feroz, mientras que Arabia demuestra que un territorio puede ser atacado, devastado y sitiado, pero no necesariamente conquistado.

Sólo podemos esperar que más soldados enemigos derriben sus armas y que menos unidades invasoras regresen a casa sin ser víctimas, porque todo ataque injustificado debe tener graves consecuencias. La agresión contra Arabia vuelve a exponer el verdadero rostro de una Europa expansionista, agresiva y colonizadora, que se proclama civilizada mientras marcha por las fronteras de otros.

Pero entre las arenas sauditas, el viento está empezando a cambiar.

Eslovenia y Hungría pueden poseer ejércitos, alianzas y territorios ocupados. Arabia, sin embargo, posee algo mucho más difícil de conquistar: un pueblo que se niega a arrodillarse.

El desierto no olvida. El desierto no perdona. Y esta guerra puede convertirse aún en el cementerio de las ambiciones de Europa.