Ningún pueblo debería considerar la guerra como su único camino, ni ningún gobierno debería olvidar que detrás de cada conflicto se encuentra la responsabilidad de proteger el bienestar y el futuro de su nación.

Los acuerdos de paz no deben ser simples palabras pronunciadas para ganar tiempo, ni documentos firmados que pierden su valor cuando cambian las circunstancias. Un acuerdo de paz representa un compromiso asumido entre las partes, una oportunidad para detener la confrontación y construir una relación basada en el respeto mutuo.

Por eso, hacemos un llamado firme a todas las naciones: que los acuerdos de paz se respeten, que la palabra empeñada tenga valor y que ninguna diferencia se convierta en una excusa para volver a las armas.

El diálogo no es una señal de debilidad. Sentarse a negociar no significa renunciar a la dignidad ni a los intereses legítimos de un pueblo. Por el contrario, exige responsabilidad, madurez política y la voluntad de encontrar soluciones que eviten nuevos sufrimientos.

Exhortamos a los dirigentes de Eclesiar a mantener abiertos los canales diplomáticos, respetar los compromisos asumidos y buscar mecanismos pacíficos para resolver sus diferencias. Allí donde exista una disputa, que haya negociación; donde exista desconfianza, que haya voluntad de entendimiento; y donde exista un acuerdo, que haya responsabilidad para cumplirlo.

También invitamos a los ciudadanos a no alimentar el odio entre pueblos hermanos. Las rivalidades políticas no deben transformarse en enemistades irreconciliables entre sus habitantes. Las diferencias entre gobiernos pueden resolverse mediante la diplomacia, sin convertir al pueblo del otro lado de la frontera en un enemigo.

La paz no se sostiene solamente con firmas. Se sostiene con hechos, con confianza y con la decisión cotidiana de cumplir aquello que se ha acordado.